Post-scriptum de una endoscopía

Por Fēngzi.

Cuando uno está a punto de ser anestesiado pueden aparecer muchos pensamientos a la vez, pero sobre todo impera una línea indeleble de ansiedad. Me pregunto: ¿Por qué tengo miedo? Nunca había vivido una experiencia donde estuviera tan vulnerable e incapaz de hacer algo aparentemente. Digo “aparentemente” porque en realidad siempre estamos en ese estado. Irónicamente al borde de la situación que experimento es que me doy cuenta que vivo “como anestesiado” de esta constante vulnerabilidad de la vida. Fuera de mi rango de visión está la anestesióloga preparando la solución de Propofol (Diprivan) al 1% en una jeringa para intravenosa. Miro mi mano que está conectada vía catéter al suero. Empiezo a sentir temor. Me pregunto en realidad a qué le temo. El pensamiento más próximo se relaciona con morir. Pero no es ese hecho en sí lo que me atemoriza, sino es la desaparición de la conciencia: presiento que lo que está por suceder es la total desaparición de mi capacidad reflexiva y perceptiva, luego de eso el indecible silencio de sí mismo sin poder contemplarlo. Entonces me doy cuenta que tememos a la muerte no porque es la aniquilación del cuerpo, sino que es la aniquilación de la conciencia. La anestesióloga se acerca y sin mucha ceremonia inyecta el propofol en la intravenosa. Me dice en un tono jovial: “adiós”. En ese momento me doy cuenta de una obviedad: yo soy mi cuerpo, mi conciencia persiste mientras el cuerpo lo permite, y estoy a punto de irme, aunque sea un rato. Miro mi mano, esto soy yo, y luego apagan las luces. «Mi» mirada se desvanece al tiempo que todo se hace sombra y me difumino en la oscuridad. Luego de eso nada sucede. Al despertar regreso a ese frágil estado llamado conciencia, cosa que nuestra especie ha valorado por sobre todas las cosas al punto que hemos olvidado todo lo demás. Me levanto algo mareado y me pregunto si, al igual que dormir sin soñar, he experimentado un ensayo del morir.