El mundo que no ha de venir: intelectuales y pandemia

Motorists wearing face masks wait at a traffic light amid Vietnam’s nationwide social isolation effort as a preventive measure against the spread of COVID-19 coronavirus in Hanoi on April 6, 2020. (Photo by Nhac NGUYEN / AFP)

Llegados a este punto, nos preguntamos sobre lo que vendrá después de la pandemia. Estamos viviendo una serie de cambios obligados que inciden en nuestra cotidianidad, desde el cambio de nuestras relaciones sociales, las posibilidades políticas, la reconfigración de los estados y el redescubrimiento de nuestra fragilidad, fuera de la seguridad de la añorada «normalidad». Es precisamente el deseo de volver a la normalidad que choca con la realidad que estamos viviendo, y el temor de no poder volver a sentirnos cómodos es lo que nos ha llevado de retorno a la pregunta por el sentido de ser. Y no como un denso problema filosófico en las universidades, sino como una seria cuestión concreta: ¿como hemos actuado en la emergencia? ¿hemos de cambiar como especie, a fin de sobrevivir? ¿que viene en el futuro para nuestras existencias individuales y colectiva? ¿Qué somos? ¿por qué actuamos así? La incomprensible situación nos ha sacado del letargo, y nos exige detenernos a pensar, mientras luchamos por sobrevivir.

Hemos reconocido otra cuestión además de la de ser; que nuestra naturaleza social ha propiciado redescubrir: lo político y el hacer en sociedad. No somos islas, y hoy más que nunca recobramos la idea que todos dependemos de todos, en el complejo entramado social. Esto ha hecho a muchos percatarse que tal vez algo anda mal en la manera que la normalidad ha configurado nuestros actos; de manera que la pandemia es una suspensión del letargo político y social, al menos para reconsiderar que hemos estado haciendo como humanidad. Claro que esto no es tanto una afirmación categórica como una aspiración utópica, pero es precisamente en este punto que muchas voces a nivel mundial se han levantado a opinar sobre tres tópicos concretos: si hemos de cambiar como humanidad, qué futuro ha de venir y que debemos hacer en éstas horas oscuras. Lo que si es claro es el mundo que hasta ahora hemos construido, y también claro está como hemos afrontado cada individual y nación la pandemia. Cada parte del planeta ha tenido fracasos y respiros que sin embargo no nos auguran ningún final pronto, ningún final fácil. El apocalipticismo, ya sea figurado o real, impregna la mente y discurso de millones, y como una sombría broma que escribe Umberto Eco en El nombre de la rosa: “Los predicadores anunciaban el fin de los tiempos, pero los padres y los abuelos de Salvatore recordaban que no era la primera vez que esto sucedía, de modo que concluyeron que los tiempos siempre estaban a punto de acabar”1. La incertidumbre ha sido siempre un factor constante en la existencia humana, y el miedo a desaparecer viene como gripe española, como guerra mundial, como bombas atómicas, como pobreza extrema, como crisis financieras; y ahora como un coronavirus.

La incertidumbre generada por la crisis sanitaria ha llevado a los intelectuales, políticos, movimientos sociales y medios de masas a especular las respuestas; podemos ver los hechos que nos proyectan las pantallas, podemos escuchar los avances en el área clínica, podemos construir posibles escenarios políticos, crisis económicas, guerras armadas, cataclismos climáticos y cambios sociales importantes. Sin embargo, cada día que pasa trae sus propias respuestas, lo que perdura es la incertidumbre. Y esta incertidumbre es el estar desnudos por primera vez después de tanto tiempo frente a lo desconocido, una sensación que el hombre y la mujer contemporánea solo habría adivinado al leer sobre un huracán en Bangladesh o una epidemia de Dengue en latinoamérica; la incertidumbre nunca es algo real para el que cree que hemos entendido el mundo. Al final, todos y todas vivimos la pregunta: ¿y qué vendrá luego de la pandemia? Sin saber realmente que responder. Esta pregunta es el motor que moverá los próximos meses, años y décadas del mundo; pregunta que posiblemente no tengamos pronto la respuesta.

Frente a este escenario incómodo se han proyectado las utopías y distopías como anticipaciones del pensamiento, es decir, la esperanza utópica o el terror distópico han sustituido la verdadera labor de construir un pensamiento para el ahora, para el escenario que enfrentamos actualmente. Con ello no debemos negar la posibilidad de lo que puede llegar a ser, ni perder la esperanza por el futuro, o mantener las reservas ante un futuro no tan favorecido. En cualquier caso, no podemos sustituir la importante tarea que nos corresponde a todos: los escenarios futuros sólo son posibilidades en buena parte por las ideas y acciones que tomemos ahora. La incertidumbre no nos debe desorientar al punto de no reconocer y pensar nuestra situación actual.

Quizá podamos recordar lo que decía Kierkegaard, cuando nos recuerda que una transición2 es una situación, es un instante de la temporalidad, una forma figurada que nos traslada hacia el futuro; buscamos ver que nos tiene preparada la próxima página del libro llamado Historia. Este instante de transición nos mantiene como aguantando la respiración, mientras el mundo tortuosamente trata de detener la pandemia, la transición que es el presente momento nos parece eterna, el confinamiento y la ausencia del otro; pero un día pasará y habremos aprendido de esta transición no que podemos ser mejores, sino que seguimos siendo quienes somos. Por ahora estamos a la espera en el instante por ese mundo que no vendrá.

Lo que dicen los intelectuales hoy.

La pandemia se ha mostrado como un fenómeno biológico y también como un fenómeno cultural. El primer sentido es el que enfrentamos en los hospitales, el segundo es el los medios de comunicación, las redes sociales, las entrevistas y en los libros. En este segundo aspecto es que intelectuales de todo el mundo han acudido al ágora global para opinar con una prontitud poco común en la comunidad del conocimiento, en especial los filósofos; pues como fenómeno cultural se nos presenta una discontinuidad que nos reclama el sentido del covid-19 en nuestras vidas, nuestra comprensión del mundo y la posibilidad del futuro. De la plétora de opiniones y pronósticos vertidos podemos reconocer al menos dos tipos de posturas frente al fenómeno del covid-19: los que tratan de justificar lo que piensan en función de la pandemia y los que buscan usar la pandemia para pensar nuevas ideas. No se trata de dos posturas incompatibles, mas bien se solapan una a la otra generando dos visiones mayoritarias entre los intelectuales: los que desean conservar el orden anterior a la pandemia y los que buscan trascender dicho orden luego de la pandemia. Ambos concuerdan en que la pandemia es un punto de quiebre, en lo que no están de acuerdo es en lo que la pandemia quiebra.

Esto crea un ávido debate entre las y los intelectuales “pop”* de la actualidad, dando todo tipo de apreciaciones, consejos y posibles escenarios para el futuro de la humanidad. En sí el fenómeno de los intelectuales tan activos en esta pandemia es un fenómeno cultural que, como ya vimos fue mucho mayor que en el pasado, pasando de ser cartas y comentarios entre intelectuales, a ser un verdadero espectáculo de masas, una moda. Como menciona Evelyn Erlij, “hay un publico ávido por consumir filosofía”3 La tendencia es que se debe sacar a la filosofía de las academias a la calle, para suprimir la separación entre los pensadores y el mundo: “hay que hacer una filosofía para la calle, los ciudadanos necesitan saber qué hacer con el sufrimiento y el dolor” diria Michel Onfray4. Pero hay una linea muy delgada entre ser un espectáculo de consumo más, y una actividad que nos devuelva la inquietud de preguntarnos por el sentido del mundo5. En concordancia a ello, los intelectuales hoy son interrogados por el mundo, y no lo contrario. Toda la humanidad está buscando respuestas en un momento histórico donde se nos ha acostumbrado con la inmediatez re respuestas, no sólo para el presente, sino y más que nunca, por el futuro.

Podemos comenzar con quienes tienen la pandemia como una triste necesidad para esperanza de transformación, los que esperan una oportunidad de cambio por la discontinuidad del virus. En primera fila tenemos a Slavoj Zizek, que, representando el deseo de cambio político y social desde la izquierda ha dicho que “la pandemia de coronavirus es una especie de ataque contra el sistema capitalista global, una señal de que no podemos seguir el camino hasta ahora, que un cambio radical es necesario (…) El punto no es disfrutar sádicamente el sufrimiento generalizado en la medida que ayuda a nuestra causa; por el contrario, el punto es reflexionar sobre un hecho triste de que necesitamos una catástrofe para que podamos repensar las características básicas de la sociedad en la que nos encontramos”6. En fechas más recientes su argumentación sostiene que debemos optar entre la barbarie del neoliberalismo, que claramente antepone el dinero a la vida; o una nueva noción de comunismo, un “comunismo de desastre” (intervención estatal, salud universal, cooperación, producción y repartición internacional de recursos) como antídoto al “capitalismo del desastre”: Zizek cree que en el esfuerzo de salvar a la humanidad de la auto-destrucción estaremos creando una nueva humanidad7.

Esta misma linea de pensamiento rechaza la globalización neoliberal caracterizándola como “de riesgo”, y la alternativa a esta brutalidad del mercado es articular una resistencia y un impulso verdaderamente globalizador y humano; la esperanza de Zizek y de otros pensadores radicales es que el sistema-mundo capitalista ha mostrado sus límites en lo social, económico, político, ambiental y cultural; que la pandemia finalmente romperá la cúpula de cristal que encierra las contradicciones internas8. Para algunos es más fácil imaginar el fin de la especie humana que el fin del capitalismo: es imposible siquiera imaginar una alternativa coherente al capitalismo9. Vivimos la distopía neoliberal antes de la pandemia, y es precisamente lo arriesgado de desafiar lo inimaginable lo que nos da la posibilidad de imaginar un mundo nuevo en medio de la catástrofe.

Por otro lado, Byung-Chul Han, un poco más pesimista que Zizek, considera que el modelo de autoritarismo confuciano oriental es el que prevalecerá en el mundo, donde la vigilancia digital y el big data son mecanismos de control de las sociedades. Han hace consideraciones sobre China como distópicas; y alaba la gestión de mascarillas de su país de origen, Corea del Sur; contrastando la situación con la de Europa, donde reina el individualismo y la minimización del virus. En oriente no hay una conciencia crítica ante tal fenómeno de la vigilancia digital, que se acentúa por el colectivismo como leitmotif cultural, abriendo paso a una biopolítica y una psicopolítica digital que controle activamente a las personas10. Ante esto Han nos dice que Zizek se equivoca al pensar que el virus da un golpe mortal al virus o que su idea de un comunismo del desastre es viable. El capitalismo seguirá con más pujanza y se exporte de oriente a occidente el “modelo policial chino” ante la conmoción de la pandemia11. Han confía en que la revolución humana vendrá luego de la pandemia, pues “somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo (…) para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”12. El ve al neoliberalismo como un sistema que es muy eficiente para explotar la libertad. El peligro del encierro es que se consoliden las prácticas de explotación más allá de lo laboral, sino que abarquen la emoción, el juego y la comunicación13. Para ello debemos aceptar que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones productivas no se supera con la revolución comunista, según Han es insuperable, y el carácter permanente del neoliberalismo nos lleva a una psicopolítica digital, donde el Big Data y las nuevas medidas biopolíticas de la pandemia consolidarán el totalitarismo14.

En una linea más tibia se encuentra Yuval Noah Harari15, que con su centrismo característico a la hora de opinar nos da una visión de cambio pero no realmente. Siguiendo la linea de Byung-Chul Han, nos habla del temor de la legitimación de un “estado totalitario de vigilancia” dando al estado el poder de ejercer una biopolítica totalitaria en Occidente. Esta visión distópica es consecuencia de las medidas por la pandemia; y Yuval se pregunta si la nueva normalidad será una ausencia de privacidad, pues so pretexto de la salud se crea una falsa dicótoma, y aconseja que la educación es la vía correcta, no la vigilancia: “Pero una sociedad que brinda a los ciudadanos una buena educación científica, y que es atendida por instituciones fuertes e independientes, puede lidiar con una epidemia mejor que una dictadura brutal que tiene que vigilar constantemente a una población ignorante”16. Harari enumera los errores que nos han llevado a la pandemia, sobre todo lideres populistas que rechazan el conocimiento científico sobre lo que pasa y deliberadamente; así como el debilitamiento de la cooperación internacional de los ultranacionalistas. Apuesta por el fortalecimiento de la cooperación y coordinación de los países ricos en ayuda a los pobres17, con el fin de evitar que el epicentro del Covid-19 no siga rotando. A pesar de sus consejos, nos dice que “la crisis del Covid-19 se perfila como el momento decisivo de nuestra era. Lo que lo convierte en un momento decisivo es que todo está en juego”. Analiza las medidas de emergencia (que nos recuerdan el retorno a regañadientes del Estado en la política económica que se mencionó en el apartado anterior). Cree que se vienen tiempos donde se puede aprender y cambiar las prácticas sociales y económicas a unas “mas justas” en todo el mundo. El mundo post-pandemia de Harari es el de las esperadas reformas que superen los sistemas injustos, y se atreve a decir que posiblemente a finales de este año podremos ver algo de eso.

Martha Nussbaum18 señala, siguiendo la linea de Harari, que la crisis sanitaria puede provocar que muchas personas busquen refugio en un líder todopoderoso, poniendo en riesgo la democracia. Para evitar eso señala que los gobiernos y los ciudadanos deben tener “un saludable deseo de coordinación”, y refiriéndose a su nación (Estados Unidos) prosigue: “ (dicha coordinación) resulta para desmentir el mito que no necesitamos un gobierno federal. Es absurdo ver a estados compitiendo por insumos, y un renovado deseo por la democracia social del New Deal, donde las necesidades humanas básicas son trabajo de un fuerte gobierno federal”. Ejemplifica que muchos líderes autocráticos usan la pandemia como una excusa para adjudicarse poderes extraordinarios, como Netanyahu en Isrel, Orban en Hungría y Modi en la India19. Nussbaum asegura que en estas situaciones, donde líderes sin principios se salen con la suya y la justicia de sus países no los castigan, es donde veremos emerger fuertes movimientos de resistencia democrática.

Desde la otra perspectiva, los que buscan justificar lo que piensan y conservar el orden antes de la pandemia. Debemos dejar a un lado los lideres políticos y comentaristas sociales que defienden el modelo económico, político y social de su preferencia en base a prejuicios y opiniones poco fundadas, pues apenas componen un argumento político o filosófico serio. Entre los pensadores que buscan responder desde esta linea podemos mencionar a Bernard-Henri Lévy20, que arremete contra las narrativas sobre la pandemia. Lévy sostiene que muchos se han regocijado de manera complaciente por la reclusión, “desacraliza” el virus y toda la mística de la reclusión como algo que llegue a generalizarse y que cambie “todo lo mejor de las sociedades occidentales” El filósofo asegura que hay un falso debate entre la vida y la economía, donde esta última implica muerte; esto es un error, pues en realidad lo que sucede es “un gran coma autoimpuesto a casi toda la totalidad del planeta” y que para ello debemos evitar las visiones utópicas para ese “mundo de después” y entrar en debates para salvar la economía en el “mundo del durante”. Por otra parte, critica el “poder médico” y cuestiona el discurso de los gobiernos que de pronto se rodean de comités científicos para lanzar mensajes a la población, diciendo que “los médicos no siempre tienen más información que nosotros” y que la confianza en ellos “es un poco absurda”.

En esta misma linea se añaden algunos que incluso piensan que el coronavirus y las medidas de pandemia son intentos para implantar algún tipo de control que despoje al mercado y a los individuos de su libertad, por la acción de los estados a un “gobierno mundial”, lo que traería un autentico pandemonio, como sostiene Erick Kammerath21, o que en realidad la responsabilidad de la pandemia y de las muertes recae en los organismos internacionales (parásitas de los estados) como la OMS (aliada del “régimen chino”) y China22 sugiriendo que el daño en realidad es en haber querido cambiar el sistema capitalista y que “la fulminante crisis económica que necesariamente llegará y que tendrá escala planetaria, no será una crisis producida por el sistema capitalista, sino precisamente por su momentánea ausencia”23.

lo que no dicen los intelectuales hoy

Por último me parece interesante la apreciación que hace Raúl Fornet-Betancourt acerca de todo el fenómeno del intelectual “en tiempos de pandemia”, de la masiva aparición de opiniones, pronósticos, consejos y especulaciones que hemos oído en los últimos meses de pandemia. Fornet-Betancourt sostiene que salvo muy escasas ocasiones, las opiniones de los autores “son consideraciones que ponen en evidencia su impotencia o perplejidad; y que en ese sentido parecer decir más sobre el estado intelectual en que se encuentra el pensamiento mismo de dichos intelectuales, que sobre la situación de la crisis y el modo cómo es sobrellevada por la gente en su vida cotidiana”24.

Así, sus predicciones, ideas de cambio o defensa del sistema sólo deja entrever lo poco que conocen la vida del común que se enfrenta al covid-19; repitiendo ideas “de reserva” o defendiendo escenarios previos, siendo un recurso hecho “para sustituir el esfuerzo de poner atención y permanecer atentos a lo que realmente está saliendo a flote en esta crisis del Covid-19, especialmente como crisis de hábitos en las formas de vida cotidiana y de la estabilidad emocional de millones de personas. Lo he percibido como una nueva licencia (…) para no tener que dejar de lado teorías conocidas y el ruido las de disputas entre sus representantes (…) para no tener que “arriesgarse a pensar” en lo que acontece, sin muletas o intereses teóricos preconcebidos”25. Esta crítica al fenómeno de los intelectuales “pop” nos lleva a todo mundo, seamos filósofos o no, a detenernos y pensar realmente qué está sucediendo. La impotencia del intelectual proviene de la (in)capacidad de hacer teorías y pronósticos lejos de los lugares y nuestros contemporáneos. Los pensadores de hoy han de volver a lo “esencial”: al interlocutor vivo, al espacio de convivencia, a la enfermera en su descanso, al barrendero de la estación, al que enfrenta la pandemia cada día; no viendo la intervención filosófica como una caja mágica de respuestas, sino bajar de las alturas las preguntas que nos lleve a dar sentido al dolor; y que la incertidumbre sea un motor para mejorar; que no un pretexto para perpetuar la distopía.

Notas.

1Eco, Umberto. El nombre de la rosa. Editorial Lumen. México. 2001, pág. 227

2Kierkegaard, Soren. El concepto de angustia. Editorial Alianza. Madrid, España. 2013, pp. 173, 181-184.

*Con esta acepción se caracterizan a los intelectuales que gozan de amplia cobertura en los medios de masas, más allá de las habituales conferencias académicas. Son conocidos por la mayoría del público y se les solicita opiniones muy frecuentemente. Sus formatos de discusión muchas veces superan los libros y llegan a ser irreverentes y muy mediáticos, casi celebridades.

3Erlij, Evelyn. “La filosofía como un género pop”. La Tercera diario. 30 de marzo 2018 https://www.latercera.com/culto/2018/03/30/la-filosofia-genero-pop/

4Onfray, Michel. “Instrucciones para devolver la filosofía al pueblo”. El Español. 3 de marzo 2016 https://www.elespanol.com/cultura/libros/20160303/106739524_0.html

5Hopenhayn, Daniel. “Inútil y subversiva: la filosofía según Carlos Peña”. The Clinic. 30 de septiembre 2018. https://www.theclinic.cl/2018/09/03/inutil-y-subversiva-la-filosofia-segun-carlos-pena/

6Zizek, Slavoj. “Coronavirus es un golpe al capitalismo estilo “Kill Bill” en: Amadreo, Pablo. Sopa de Wuhan. Editorial ASPO. 2020. pp. 23-24.

7Cfr. Zizek, Slavoj. Pandemic! Editorial Polity Press, New York, USA. 2020, pp. 62-64

8Cfr. Zizek, Slavoj. El coraje de la desesperanza. Editorial Anagrama. Barcelona, España. 2018, pp. 18-23

9Fisher, Mark. Capitalist realism. Is there no alternative?. Zero books. Londres, UK. 2009, pp. 5-6

10Cfr. Han, Byung-Chul. “La emergencia viral y el mundo del mañana” en: Amadreo, Pablo. Sopa de Wuhan. Editorial ASPO. 2020. pp. 97-108

11Ibidem. Pag. 110

12Ibidem. Pág. 111.

13Han, Byung-Chul. Psicopolítica. Editorial Herder. España. 2014. Pág. 8.

14Ibidem. pp. 13-14.

15Harari, Yuval. “La crisis del Covid-19 se perfila como el momento decisivo de nuestra era”. La Tercera diario. 27 de Marzo 2020. https://www.latercera.com/tendencias/noticia/entrevista-a-yuval-noah-harari-la-crisis-del-covid-19-se-perfila-como-el-momento-decisivo-de-nuestra-era/3LU4RWOIJ5HCTPPH2CXWU3E6ZY/

16Ibidem.

17Podemos hallar una visión bastante utópica y más un sueño que ignora la geopolítica actual, como el control hegemónico de la economía y cultura que se desata en la lucha comercial de occidente con oriente.

18Nussbaum, Martha. “Nussbaum: Covid-19 pandemic has re-awakened desire for social democracy”. 14 de abril 2020. https://www.laprensalatina.com/nussbaum-covid-19-pandemic-has-re-awakened-desire-for-social-democracy/

19Podríamos añadir a la lista a Juan Orlando Hernandez en Honduras, donde siendo cabeza del régimen ha utilizado de manera despótica las instituciones y fondos del estado, extendiendo a un nivel dictatorial las atribuciones y poderes del Consejo de Seguridad; y plagado de casos de corrupción, podemos considerar que son auténticas “necropolíticas”. Véase: Mbembe, Achille. Necropolítica. España. 2011.

20Lévy, Bernard-Henri “Las medidas excepcionales por el coronavirus son peligrosas”. El País. 3 de agosto 2020. https://elpais.com/revista-de-verano/2020-08-03/bernard-henri-levy-las-medidas-excepcionales-por-el-coronavirus-son-peligrosas.html

21Cfr. Kammerath, Erick “La post-pandemia, ¿más estado o más sociedad? En: Beltramo, Carlos. Pandemonium. Population Research Institute. 2020, pág. 119-124.

22Laje, Agustín. “Coronavirus, ¿fin del capitalismo?. En: Beltramo, Carlos. Pandemonium. Population Research Institute. 2020, pág. 132

23Ibidem. Pág. 133.

24Fornet-Betancourt, Raúl. “La pandemia de enfermedad por coronavirus, o de la importancia de los intelectuales”. Noticias UCN. 28 de julio 2020. http://www.noticias.ucn.cl/noticias/internacional/conversacion-con-el-filosofo-raul-fornet-betancourt/

25Ibidem.

¿Qué es un «Centro Cultural»?

Fuente: MiN

Cuando hablamos del concepto «centro cultural», estamos planteando una correlación entre comunicación y cultura. Hablamos de una institución, y la pregunta nos sugiere distinguir su origen, función y límites. Surge en los contextos y posibilidades que dieron nacimiento a otras instituciones relacionadas, como el museo, la galería y el cinema. Pero lo que hace especial al centro cultural es la premisa omni-abarcadora que propone a la experiencia del visitante: «en este recinto exponemos cultura»: a diferencia del museo, que expone “alta cultura” condensada en el arte académico o el arte constituido por el discurso del arte académico; y el cine o la galería, que expone “cultura popular” condensada en el arte multimedia, en clave de lo mainstream; el denominado centro cultural tiene una distinción que abarca ambas ideas anteriores, y expandiéndose más allá de la idea de exposición de arte, educación y filosofía, además como verdaderos centros de creación de criterio y de discurso sobre lo que es la cultura.

Esto produce una cuestión de fondo más radical, sabemos que el concepto de «cultura» es tan amplio y problemático que en la filosofía de la cultura resulta muy difícil dar una concepción sin que sea de inmediato lapidada, y que «centro cultural» se vuelve realmente nebuloso en este aspecto. Por tomar una forma provisional diremos que en su acepción más previa «cultura» designa un proceso de cultivo activo, en este caso de la mente humana, y posteriormente designando una configuración o generalización del «espíritu», o hasta el rango de «civilización» (Williams, 1981). Y aquí la palabra “proceso” es importante, pues reconocemos que la cultura es acto, es esa realidad que surge entre el choque del ser humano con la naturaleza por medio de la actividad. Si bien es cierto que la cultura humana parece configurarse como un «universo simbólico» donde «la actividad física cede a la actividad simbólica» como sostiene Cassirer (2018), parece ser que no es meramente un abstracto ideal de imágenes, símbolos y relaciones; sino tiene un carácter material, produciéndose y reproduciéndose en los comportamientos y actos de los individuos y grupos que se identifican con determinadas actividades, ideas, visiones del mundo y formas de expresión emotiva como volitiva; a través de la misma práctica, la transformación de la naturaleza, de la enseñanza de comportamiento de una generación a otra o «endoculturación» (Harris, 2013).

Hecho ese rodeo sobre la cultura, vemos que la noción de «centro cultural» podría enmarcarse en el proceso de endoculturación, a fin de facilitar la difusión, producción y reproducción de ciertas formas de la cultura, cosa que sucede de manera orgánica en todas las instituciones y actividades de la sociedad. La situación en Honduras deviene por lo general en dos aspectos: que la expresión de la cultura es en sumo grado el arte, y que este puede condensarse en muestras representativas al público. La finalidad de ello es poder funcionar como una mirada especular hacia el público como reconocimiento de lo propio: “esta es tu cultura, esto es lo que se hace en tu sociedad y representa éstas características, ideas y símbolos. Esta es nuestra cultura» (esto va en función de otro problema aferrado al de cultura, que es el de identidad, que trabajaré en otro momento). A diferencia de otras instituciones relacionadas, el centro cultural busca establecer la intimidad de sus exposiciones con la sociedad, y busca comunicar una identidad entre lo que se aprecia y experimenta como idea de cultura. Esto es especialmente importante, pues, a la larga, se adjudican el derecho implícito para determinar que puede ser cultura y que no.

Como expone la página del Centro de Arte y Cultura (CAC):

Este centro cultural se enmarca en Lo Esencial de la Reforma Universitaria para promover el ejercicio y el disfrute del arte y la cultura en sus diferentes manifestaciones. Pretende ser impulsor de procesos de transformación de las dinámicas sociales, la recuperación de los espacios públicos y la actividad cultural como elementos fundamentales para el mejoramiento de las condiciones de seguridad y calidad de vida de la población que habita y hace uso del entorno. Con todas estas acciones se estará construyendo ciudadanía para crear una comunidad comprometida con el desarrollo sociocultural local.

fuente: CAC-UNAH

La idea de «Centro cultural» mantenida por la UNAH, por ejemplo, busca una determinada función dentro del proceso de endoculturación, que es la de poner en contacto a la población universitaria con “el arte y la cultura” a fin de formar una ciudadanía (UNAH, 2014). Una pregunta surge en torno a la misma concepción de «cultura hondureña», pues es muy poco claro que es lo que definen por cultura. Así, el centro cultural en Honduras tiene la función de albergar “arte y cultura” con la finalidad de «conformar una identidad y una ciudadanía que aporten al desarrollo del país» (UNAH, 2014). Aquí se llega a un delicado roce entre ideología y cultura. Pues es claro que la demarcación, producción y reproducción de cultura en estos centros está sujeta a una serie de condiciones económicas, sociales y políticas, regida por las relaciones de interés, de mercado, de estatus, de clase, etc. En el centro cultural, como institución no neutral, se puede concebir al arte y la cultura de cara a su valor concreto por parte de los sectores sociales, tanto de sus actores y su público, como menciona Raymond Williams:

Podemos proponer como distinción inicial la siguiente: por un lado, las relaciones variables entre «productores culturales» (un término, si bien abstracto, deliberadamente neutral) e instituciones sociales identificables; por otra parte, las relaciones variables en las que los «productores culturales» han sido organizados son sus formaciones. Esta es una distinción operativa (…) relativa a las relaciones sociales efectivas de la cultura. (…) Pero si deducimos relaciones culturales significativas sólo a partir del estudio de instituciones, correremos el peligro de pasar por alto algunos casos en los cuales la organización cultural no ha sido, en ningún sentido corriente, institucional, y en particular el fenómeno del «movimiento cultural».

Williams (1981, pág. 33)

Si tomamos lo de Williams como un planteamiento válido, pronto veremos que hay una necesidad de utilizar de una manera no-institucional el término de «arte y cultura», y que la pregunta “¿Qué es un centro cultural?” va de la mano con “¿para quién es el centro cultural?”. Con este giro no-institucional y la posibilidad de un centro cultural accesible para los que no se conforman en la dinámica «productor cultural / institución» podemos remitirnos a la función social de la cultura y el arte. Bajo esta visión, podemos determinar que:

el arte es algo social, sobre todo por su oposición a la sociedad, oposición que adquiere sólo cuando se vuelve autónomo. Al cristalizar como algo peculiar en lugar de aceptar las normas sociales existentes y presentarse como algo «socialmente provechoso» está criticando la sociedad por su mera existencia (…) lo asocial del arte es negación determinada de una sociedad determinada. (…) El arte se mantiene en vida gracias a su fuerza de resistencia social, si no se objetiva, se convierte en mercancía. Lo que aporta a la sociedad no es su comunicación con ella, sino algo más mediato, su resistencia.

Adorno (1983, pág. 296)

Si extendemos esa afirmación de Adorno a la visión del centro cultural en Honduras, podemos ver como se desarrolla una idea de cultura «dentro» de la institucionalidad, como arte esencialista y mediato al público, ofrecido por curadores, mantenido para cierta representación limitada; y una cultura «fuera» del recinto, totalmente intrincada, devenir siempre, rizomática; que puede ser arte, pero también trabajo, rito, manualidad, técnica, lengua, crítica por su mera existencia, resistencia a la universalidad de la institución. Este movimiento dual de la cultura es constante lucha, y plantea la necesidad de «centros culturales» más orgánicos que no se limiten a la expresión cerrada del «artista de élites», sino a la experiencia abierta de las mayorías, que no diferencie espacios internos y externos; que su organización apunte a la experiencia democrática de la cultura, donde los individuos y los grupos puedan reconocerse, no como exposiciones estáticas y esenciales, sino como procesos vivos y constantes.

Referencias:

  • Universidad Nacional Autónoma de Honduras (2014). Lo esencial de la reforma universiraria.
  • Adorno, Theodor (1983). Teoría estética.
  • Williams, Raymond (1981). Sociología de la comunicación y el arte.
  • Harris, Marvin (2013). Antropología cultural.
  • Cassirer, Ernst (2018). Antropología filosófica.

El problema de la sobreabundancia de libros

Hay un curioso texto de José Ortega y Gasset llamado “la misión del bibliotecario”, discurso pronunciado en 1935; la ocasión: un congreso de bibliotecarios en Francia. El tema: el quehacer del bibliotecario. Contra toda intuición que nos haga pensar en un texto poco interesante o de un congreso realmente aburrido; la reflexión de Ortega me resulta muy valiosa y digna de lectura; como filósofo, ahonda más allá de lo obvio y resalta el tema de la elección de un camino de vida para cada hombre y mujer. En cada instante de la vida, el ser humano «se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser». Ante esta perplejidad de la elección de la vida es que se desea una profesión, una realización, porque «la vida es ante todo un quehacer». Continúa señalando que este quehacer ha movido al ser humano «a inventar y crear para facilitarse la vida, todo eso que llamamos cultura y civilización», cosas que sin embargo «llega un momento en que se revuelven contra él» mismo ser humano. Este es el caso del libro, tema que deseo tratar en este pequeño ensayo.

El libro es una de las mayores invenciones humanas: es capaz de transmitir la cultura de manera que registre las ideas, las técnicas y los hechos; siendo útil para otros y para futuras generaciones. Sin dudas es algo indispensable, y según Ortega «este simple carácter de imprescindible hace qué nos sintamos esclavizados por ello». Y el libro también se revela como creación contra su creador en la sobreabundancia:

hay demasiados libros. Aún reduciendo sobremanera el número de temas a que cada hombre dedica su atención, la cantidad de libros que necesita injerir es tan enorme que rebosa los límites de su tiempo y de su capacidad de asimilación. La mera orientación en la bibliografía de un asunto representa hoy para cada autor un esfuerzo considerable que gasta en pura pérdida. Pero una vez hecho este esfuerzo se encuentra con que no puede leer todo lo que debería leer. Esto le lleva a leer deprisa, a leer mal, y además, le deja con una impresión de impotencia y fracaso, a la poste de escepticismo hacia su propia obra.

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Ortega también señala que esta ingente cantidad de libros (y de información en general) corresponde a una función social del libro, que la sociedad contemporánea ha encontrado en ello. Debo añadir lo sostenido por Jean Baudrillard: estamos en una etapa donde la información, los libros, las noticias, el entretenimiento y la cultura en general son objetos de producción capitalista. Esto en sí es material para otro análisis que sólo mencionaré en este ensayo. Restringiré nuevamente la idea al ámbito de los libros: hoy en día la exigencia de producción de libros y recursos es tan ilimitada y de beneficio que en muchos casos se confeccionan «falsos libros» como dice Ortega. A esto se añade que la sobre-especialización en cada área requiere una bibliografía que no hace más que crecer. Como menciona Ortega: «En muchos órdenes intelectuales pasa esto de continúo: que en el “dar por supuesto y por sabido” lo esencial, lo sustantivo, procedemos al infinito. Es ello una de las mayores enfermedades del pensamiento, sobre todo del contemporáneo».

Todos nos hemos hallado en esta situación: una investigación lleva más tiempo recopilando, investigando fuentes, captando textos; y una vez hecho, nos percatamos que apenas tenemos tiempo para leer, apresurados cumplimos con el plazo y nos deja ese sabor amargo de una tarea fútil. En el camino sólo nos informamos superficialmente y nos da la falsa sensación de saber que estamos hablando. Y peor aún, el verdadero trabajo de leer, reflexionar, meditar y comprender para transformar la realidad queda de lado por la imperante necesidad de la producción ad infinitum. la sobreabundancia de libros se traduce en problemas de comprensión, superficialidad, soberbia, poca originalidad y en última instancia a una esclavitud y una ignorancia más sutil.

¿Qué hacer? Para ello hay que reconocer un dicho de economistas: los recursos son limitados, y hay que saber como administrarlos. No pretendo señalar algo nuevo, y podríamos recurrir a muchas fórmulas sobre esto. Pero si algo es claro, es que nuestro tiempo es limitado, nuestra atención es preciosa como el oro, y no podemos abarcarlo todo. Como seres humanos estamos condenados a tomar decisiones que nos lleven a la apertura más favorable de nuestras posibilidades. Debemos enfrentar el hecho que tenemos que elegir que leer: esto es ineludible si nos dedicamos al trabajo con los libros. La tendencia general es que «más es mejor», se nos exige inflar nuestras palabras con avalanchas de bibliografía y pocas veces se puede apreciar el trabajo de análisis, comprensión y crítica, que en última instancia se supone la educación debe forjar. Pero la sobre-especialización de los temas, el mercado académico, la saturación de medios, de productos culturales y las infinitas listas de libros por leer nos esclavizan y nos terminan llevando a la muerte. Leemos más y más, hay «booklovers», más libros que nunca en la historia, y sin embargo resulta cada vez menos la capacidad de pensar:

Hoy se lee demasiado: la comodidad de poder recibir con poco o ningún esfuerzo innumerables ideas almacenadas en los libros y periódicos, va acostumbrando al hombre, ha acostumbrado al hombre medio, a no pensar por su cuenta y a no repensar lo que lee, única manera de hacerlo verdaderamente suyo. Éste es el carácter más grave, más radicalmente negativo del libro

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Y las pegunta que se llegan son: ¿y entonces, qué debo leer?, ¿cuánto debo leer?, ¿cómo puedo elegir que libros son valiosos sin leerlos primero?, ¿tenemos qué leer siquiera? Aquí surge algo que mencionamos al principio: la vida es siempre un quehacer. y en el sentido más alto, este quehacer tiene que ver con la forma de vida que deseamos, no se trata de consumir esto o aquello, sino, cómo podemos elegir aquello que nos adicione una mejor manera de vivir. La lectura debe tenerse como un ejercicio espiritual, en el cual se conjugan atención, reflexión, meditación, juicio y praxis. No podemos dedicarnos así si leemos 100 libros anualmente, creándonos la falsa idea que sabemos más por leer más. Alguna vez escuché de un profesor que es mejor profundizar en un par de libros y llegar a apropiarnos de su contenido, que tener noticia de cien libros de manera superficial. En el exceso de posibilidades se naufraga y se pierde toda ancla de sentido. Cada uno debe hallar formas no esclavizantes de interactuar con los libros, donde la vida prime sobre la producción, para que «en vez de estudiar para vivir va a tener que vivir para estudiar»

Referencias

  • Ortega y Gasset, Jose. Obras Completas, tomo V. “La misión del bibliotecario” (1935). España: Revista de Occidente.

La vida y la filosofía

Hay cosas que se vuelven urgentes. La vida es el acontecimiento por excelencia, Vida, en eterno retorno y actualizándose cada vez de manera única en la diferencia de cada retorno, en cada ser, es la vida la que se vuelve urgente por sobre el discurso. ¿Y que estoy diciendo, sino un discurso? Es claro que mis palabras no son construcción de discurso sino su rechazo, porque no es tanto lo que digo sino el hecho poder decirlo lo que reivindica la vida. También tenemos claro que no se filosofa sin antes vivir, ni se habla sin antes vivir. Pero no hay nada antes de vivir, por lo que es base para el filosofar y el hablar. El que filosofa debe vivir primero, y esto es algo mas que decir “la filosofía se hace a partir de hombres y mujeres concretos”, sólo aquellos que lo han vivido lo comprenderán. Y aquí está el equívoco: todos deben comprender, a su modo y posibilidad, de lo que estoy hablando; pero algo que es claro es que filosofar es un modo especial de vivir. No quiero que se me entienda como un moralizador o un místico, porque no es mi intención, sólo digo que quien vive es también capaz de filosofar. En ese sentido la filosofía es una biografía que escribimos con la mano del cosmos, o mejor aún, una biografía de un «yo», sino de la vida en uno de sus muchos retornos.

Entonces, ¿de que hablamos cuando hablamos de filosofía en la Academia? Ciertamente de un equívoco a mi juicio. La doxografía no es filosofía, pues la relación con la lectura es una de formación propia, de comunicación y diálogo, cosa que tristemente uno es incapaz de experimentar en la mayoría de los cursos,y esto no es por causa de los profesores, en gran medida es como nosotros nos acercamos a la filosofía. Corremos el riesgo de tener muchos eruditos, comentaristas, doxógrafos pero no de filósofos. Así, como plantea Hadot: “el principal problema que se plantea al filósofo se trata fundamentalmente de saber lo que es filosofar“, nos enteramos que es un acto, un verbo, que manifiesta movimiento y más específico una forma de vivir. Para ello debe existir un deseo, una absoluta afinidad a la vida, pues considero que filosofar es dejarse asombrar por lo extraño que es existir, y filosofar es un deseo por vivir en última instancia. Ese deseo es el que debe generarse al abrir un libro, al oír una pieza musical, al ver las estrellas, al calcular una ecuación, al mirar los ojos sinceros, al pensar filosóficamente, al laborar efectivamente, al buscar un mejor mundo, al luchar por la vida misma. Esto lo logran los filósofos y filósofas al traducir sus vidas en palabras, que no buscan ser obedecidas, sino ser incitaciones al deseo, invitaciones a la amistad. El deseo es siempre anhelo por el acontecimiento, advenimiento del devenir, y por ello es fundamental para que se expanda la vida y con ella el filosofar.

Y al final llegamos como al inicio. Aquí me encuentro como alguien que existe, desea y vive. Es la urgencia de expresar todo lo que he dicho hasta ahora, no más que una biografía, que se ha expandido en la típica fórmula “yo amo la sabiduría”, pues no cuesta entrever los elementos que expresa y ya he mencionado: de la mano de amigos y amigas he aprendido éste modo curioso de vida llamado filosofía, y cuando menos me lo he esperado, he descubierto que lo importante en “amor a la sabiduría” no es la sabiduría, pues ésta resplandece en si, sino el amor, pues el lo que nace en mi, y me mueve hacia la sabiduría. Al final he comprendido que el deseo, la sabiduría y la vida se conjugan en el amor, amar a una persona, que al final es una vida también; amar la sabiduría, que al final es amistad; amar el universo, que al final es unidad.