El conflicto de la subjetividad moderna

¿Cómo se constituye el sujeto moderno? Esta pregunta es la base del presente ensayo, y remite directamente a la construcción del sujeto en la modernidad. Considero que responder a dicha pregunta es de suma importancia para entender la expansión de un determinada forma de pensarnos y de la construcción actual de las identidades tanto individuales como colectivas que conforman el panorama político, social y cultural de la humanidad. Tratar de explorar la historia de la identidad moderna es en sí una tarea difícil, abundando simplificaciones, sobre todo como reacción a la reacción posmoderna, como señala Stuart Hall1, la noción que las identidades son un todo unificado coherente, y que ahora se han dislocado constituye un punto de partida esquemático mas no una explicación real; y para comprender realmente el problema de la subjetividad moderna debemos comprender el proceso en que se constituye el sujeto moderno, y en última instancia su proceso identitario; esto nos ayuda en la conceptualización del sujeto como emergente de una idea de identidad particular, que ha ido cambiando, que tiene historia y que no aparece como algo universal, sino que responde a las circunstancias originarias y también a las posibilidades de su declive.

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Post-scriptum de una endoscopía

Por Fēngzi.

Cuando uno está a punto de ser anestesiado pueden aparecer muchos pensamientos a la vez, pero sobre todo impera una línea indeleble de ansiedad. Me pregunto: ¿Por qué tengo miedo? Nunca había vivido una experiencia donde estuviera tan vulnerable e incapaz de hacer algo aparentemente. Digo “aparentemente” porque en realidad siempre estamos en ese estado. Irónicamente al borde de la situación que experimento es que me doy cuenta que vivo “como anestesiado” de esta constante vulnerabilidad de la vida. Fuera de mi rango de visión está la anestesióloga preparando la solución de Propofol (Diprivan) al 1% en una jeringa para intravenosa. Miro mi mano que está conectada vía catéter al suero. Empiezo a sentir temor. Me pregunto en realidad a qué le temo. El pensamiento más próximo se relaciona con morir. Pero no es ese hecho en sí lo que me atemoriza, sino es la desaparición de la conciencia: presiento que lo que está por suceder es la total desaparición de mi capacidad reflexiva y perceptiva, luego de eso el indecible silencio de sí mismo sin poder contemplarlo. Entonces me doy cuenta que tememos a la muerte no porque es la aniquilación del cuerpo, sino que es la aniquilación de la conciencia. La anestesióloga se acerca y sin mucha ceremonia inyecta el propofol en la intravenosa. Me dice en un tono jovial: “adiós”. En ese momento me doy cuenta de una obviedad: yo soy mi cuerpo, mi conciencia persiste mientras el cuerpo lo permite, y estoy a punto de irme, aunque sea un rato. Miro mi mano, esto soy yo, y luego apagan las luces. «Mi» mirada se desvanece al tiempo que todo se hace sombra y me difumino en la oscuridad. Luego de eso nada sucede. Al despertar regreso a ese frágil estado llamado conciencia, cosa que nuestra especie ha valorado por sobre todas las cosas al punto que hemos olvidado todo lo demás. Me levanto algo mareado y me pregunto si, al igual que dormir sin soñar, he experimentado un ensayo del morir.

Tanatología mínima

Golpea muy fuerte tarde en la noche, luego de cepillarse los dientes y verte largo rato al espejo: has de morir. De súbito tu corazón se congela y lo comprendes. No tienes a donde huir; no tienes opinión y no puedes cambiar las reglas del juego. Un frío espantoso sube por tu columna y la ansiedad invade tu ser. La angustia disuelve cualquier otra preocupación del día y te instala frente al precipicio. No hay ninguna salida y lo sabes muy bien, el miedo es tanto que empiezas a buscar una salida, pero no la hay. No hay explicación ni lamento ni acto que pueda detenerlo. Sufrirás lo que la lógica de la existencia fija: has de morir.

Te tomas un momento. Sabes que es verdad, le pasó a tus antepasados y le pasará a tus descendientes; le pasará al más insignificante átomo y le pasará al universo (al parecer). La ley de la muerte es la ley de la existencia. No hay explicación ni solución. De pronto sucede algo liberador. Corres a la ventana y ves hacía afuera: la noche engulle a todos y a todo. De pronto los puntos de tus tareas o el prestigio de tu trabajo o las carencias o los sistemas o los libros o las peleas o las diferencias dejan de tener sentido. La epojé no fue una elección.

Desesperado, buscas el calor humano. Te das cuenta que el abrazo y la sonrisa vale más y que siempre resulta lo menos apreciado del día a día, que el tesoro de vivir es experimentar la compañía del otro en el desierto de la noche. El absurdo nos asecha y la mortalidad nos acompaña en cada esquina, la angustia es implícita a cada mirada desatendida y todo lo que supuestamente importa son poco mas que castillos en el aire. El amor, el entendimiento y la comunicación de existencias son lo único que tenemos. Es cierto que no hay antídoto para la muerte, pero hay un mejor camino para llegar a ella; ese camino la rebeldía de vivir: rebelarse contra la banalidad, rebelarse contra la exaltación del orgullo y el egoismo; rebelarse contra la alienación que nos separa del otro, rebelarse contra el absurdo de ignorar la muerte propia y de mi prójimo.

No tenemos realmente nada más. Te das cuenta que la comunidad de seres que conforman la existencia es la unidad y multiplicidad, dicho en palabras sencillas: aquello que miras por la ventana también eres tu y tu eres todo ello, solo es la confusión de la noche lo que nos hace creer que nos debemos distinguir de lo demás.

Es terrorífico existir. Pero también es bellisimo saber que no estamos solos, aun cuando cada uno deba morir. Todo devenir político, estético y ético debe partir de este hecho: que somos seres que han de morir, pero nuestra rebeldía es sonreir junto al otro, compartir con el otro y vivir valorando la vida como una oportunidad de experimentar la unidad del mundo, como una rebeldía contra el destino de toda existencia.

Sobre la presión social de usar las redes sociales, o cómo dejar de existir

¿Recuerdan de cuando no teníamos la necesidad de crear grupos de Whatsapp para recibir una clase, que para conocer a las personas no se ocupaba Facebook, o que se podía explorar un interés sin tener un hashtag (#) para ello? Suena a una pregunta retórica hecha por un boomer1, y de alguna manera es mi queja justa contra ello. Trato de estar al margen de usar las redes sociales, no me gustan y ya hay libros que nos dan excelentes razones psicológicas, tecnológicas, políticas, sociológicas y filosóficas para evitarlas2. Mi malestar podría encajar en cualquiera de esas categorías, pero quisiera señalar algunos elementos sin hacerlo una tesina de investigación.

En primer lugar esta la falsa idea que somos libres de elegir si usamos o no las redes sociales. No somos libres. Es un poco parecido a la libertad del liberalismo de toda la vida. Podemos elegir voluntariamente no estar en las redes sociales, pero tarde o temprano tendremos la obligación de tener una cuenta en alguna red social, porque queramos o no, todos los demás están ahí. Y cada vez más parece ser necesario para comercios, instituciones y grupos sociales el poseer cuentas en las redes para ser no solo relevante, sino realmente existente. Y es así porque las interacciones sociales son cada vez más dependientes e inmersas en las redes sociales. Se ha creado una necesidad que no existía y ¡ay de aquel que elija no estar en las redes! Si la mayoría de las personas usan las redes, no esperemos que nuestros berrinches filosóficos cambien la situación. Somos libres de elegir el ostracismo y la excomulgación, o somos libres de someternos sin preguntar a la dictadura de las redes sociales.

Una segunda cuestión es que ya no podemos imaginar. No podemos imaginar hablar con alguien sin que estén las redes sociales, ni podemos imaginar como sería lograr un negocio sin 7 íconos que avisen que estamos en linea, ni podemos imaginar una causa social sin #3 al inicio (¿han visto lo ridículo que se ve en una pancarta publicitaria en la calle?). No podemos imaginar como recordar sin publicar fotos, ni como levantar la voz sin publicar un estado; no podemos imaginarnos como sería un mundo sin notificaciones ni chats ni trending topics ni estados. La incapacidad de imaginar un presente sin escape de las redes sociales nos lleva a la incapacidad de un futuro sin ellas. La imaginación está capada y ha sido sustituida por una serie de interacciones y contenidos prefabricados que establecen el horizonte de lo posible para conveniencia de los usuarios y neutraliza lo que solían ser las personas. Quién sabe como hacían las personas 30 años atrás, es impensable.

En tercer lugar parece que cada vez uno es más disfuncional si no puede acoplar a la dinámica de las redes sociales: ni empleo, ni compra-venta, ni difusión de ideas, y en el futuro no es de extrañar que medien los procesos penales, burocráticos y religiosos (¿Dios tendría cuenta verificada?)

Uy, una imagen alegórica que reafirma lo que dice el post. Este blog se vuelve cada vez más elegante.

A este punto podrían decir: «bueno, si no querés usar las redes sociales sólo no lo hagas y ya. ¿Porqué tanto drama por ello? mejor graduate de una vez, ¡chambón!» Y el problema nos devuelve al principio: es porque no somos libres de elegirlo, porque no podemos imaginar un mundo más allá de ello y se vuelve prácticamente inoperante existir sin ello. Tiene puntos a su favor, que serían positivos si no fuese porque se nos ha salido de control su implementación, ya no podemos usar las redes sociales inocentemente, ya no podemos vivir sin ellas, como el cocainómano con su droga. Sólo queda rodar mi barril cuesta arriba y simular que hago algo al escribir esto.

1 OK boomer

2 Hay mucho estudio sobre el daño de las redes, y personalmente recomiendo estos:
* Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (Jaron Lanier)
* ¿A quién le pertenece el futuro? (también de Jaron Lanier)
* Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Nicholas Carr)
* Social media. A critical introduction (Christian Fuchs)
* Anti-social media. How facebook disconnects us (Siva Vaidhyanathan)

3 hashtags/jachstacs

Sobre el quehacer filosófico (1/3)

Últimamente estoy tentado a pensar que nos escondemos en los libros para no aprender, para no conocer, para no pensar. Deseamos automatizar el proceso de experimentar la realidad creyendo que si leemos al respecto aprenderemos automáticamente a interactuar con ella. Por ejemplo la programación: uno aprende más experimentado directamente el éxito (pero más a menudo el fracaso) de escribir códigos que leer todo un libro sobre ello.

Vamos un paso más allá: leer mucho ayuda a escribir bien, pero no es nada comparado con escribir convulsivamente. Leer mucho no te hará un día tomar un lápiz y mágicamente escribir una novela, ni un artículo, ni un párrafo. ¿Entonces, no deberíamos leer nada y sólo correr por el mundo desnudos, para que nos caiga el rocío del conocimiento? Claro que no. El conocimiento que ha producido los libros existe por algo, pero confundimos ese algo con algo más. Y ese «algo más» es lo que necesitamos buscar primero.

Vayamos todavía un paso más al precipicio: estudio filosofía, de seguro no tengo otra opción que leer libros, ¿verdad? ¿No es la filosofía hurgar los libros hasta hallar argumentos y eso? Bueno… no realmente. La filosofía es tanto menos leer una inmensa cantidad de libros y más experimentar las ideas como estructuras de aprehensión de la realidad, de confeccionar argumentos que tengan sentido o del pensamiento como proceso creativo de las estructuras para aprehender el caos de lo real. Sostengo que en realidad no aprendes filosofía de los libros, aprendes filosofía en el acto de filosofar. Esto podría resultar algo trivial o peor aún, un mal consejo, pero no estoy aconsejando lanzar todos los libros o borrar los pdf en tu computadora, sino a entablar una relación distinta con lo que lees y crees que es aprender. Sostengo que cuando uno lee los libros de filosofía reinventa, revive los conceptos, podemos aprender de ellos como maquetas sin someternos a ellos, llenamos de vida esas palabras muertas, que a su vez se vuelven espejos con los cuales podemos observar nuestro pensamiento en acción.

Muchas veces confundimos el amasar grandes cantidades de conocimiento con el proceso de conocer, y el depósito de pensamiento con la astucia del pensar filosóficamente. Hay una buena razón para que sean verbos: implican la acción, el incesante uso de la experimentación como única forma de creación del conocimiento, y aquí el conocimiento se convierte en una dinámica, un movimiento vital. Los libros son como vestigios de lo que es la filosofía. Por ello repetir frases de Hegel o declamar a Platón no es filosofar, es una doxografía muy culta, pero no es filosofar.

Parece que acomodo todo según mis tristes inclinaciones deleuzianas, y no mentiré, qu’est-ce que la philosophie es una chispa que dinamitó mis ideas tradicionales sobre que era ser estudiante de filosofía. Pero si algo podemos comprobar pensando al respecto es como aprendemos algo. Tengo la convicción que todo mundo puede filosofar, y lo hace de manera anecdótica al menos una vez su vida (eso incluye a los licenciados en filosofía) y sucede porque el pensar sobre algún concepto, un argumento, un proceso o la naturaleza de algo surge en nosotros la experiencia de rodear con asombro un fenómeno dado, o indignarnos por algo y preguntar ¿por qué? De ese acto es que surge la actitud filosófica, que no nos la daría ni leyendo todos los hombres blancos europeos occidentales que han hecho filosofía los últimos 2300 años.

Bien, la experiencia del filosofar es la que nos engendra filosofía, como ordeñar una vaca nos enseña más que leer sobre ello o ir a París nos enseña más que ver fotos de todas sus avenidas (Bergson tenía razón en ello, aún no he ido a París, lo siento). Pero lo que deseo decir es que la experiencia descrita en el más mundano de sus acepciones nos adecúa al quehacer filosófico como un arte que crea conceptos, más que como una acumulación de libros, ideas, discursos y actitudes frente a la realidad. Si filosofamos es porque la Realidad es aquello que como vorágine destruye una y otra vez los edificios ontológicos con que pretendemos encerrarla, y es el filosofar, junto a la ciencia y el arte, las únicas cadenas que tenemos, no para aprisionar la Realidad; sino para sostenernos nosotros en un sitio y contemplar un momento su caótica belleza.

Doña Esperanza

Los albañiles se ocuparon toda la mañana sacando parte de las láminas tostadas del techo, las cuales fueron colocando fuera de la casa de doña Esperanza. Otro montículo estaba compuesto por cartas, tarjetas, flores de plástico y tantas cosas más que suelen amontonarse al fondo de los cajones. Los albañiles discutían quien iba a comprar el refresco y los panes; su plática resonaba en la sala ahora vacía de doña Esperanza. Las macetas con plantas marchitas ya no eran importantes para nadie, así que yacían al lado de algunos botes de jalea y encurtido pasado en la entrada, alguien se los llevaría al rato. Parecía que el tiempo había llegado para arrasar todo lo que doña Esperanza atesoraba como inmóvil y eterno. Un huracán llenaba el espacio ahora pulcro de recuerdos, con ruido de martillos, pláticas de albañil, trastos cayendo, crujidos y movimiento de muebles. Ya doña Esperanza no podía detener ese huracán. Mientras tanto, el mundo seguía apresurado en su monotonía.

Mayo, 2019

Abogado

Pobre señor abogado de 57 años, flaco hombre envuelto tristemente en su uniforme de abogado, solapas, tirantes, mangas, pantalón y corbata caqui, uno de los cinco colores aprobados por el colegio de abogados de Honduras. Marcha por la acera vacía nuestro señor abogado, algo calvo, pasos tal vez muy abiertos; moviendo un brazo como delgado remo en el océano de aire, y su traje funciona como vela a razón de contrapeso. Su otro brazo se aferra apenas de un portafolios negro de cuero, testigo de muchos litigios mas bien mediocres. Pero el señor abogado es un buen hombre, si ser abogado se le sustrae por oficio. Separado, tres hijos (dejan constancia bajo palabra que se la pasan “muy ocupados” para una reunión de fin de semana con nuestro abogado), recuerdos de bailes de salón a los 20 años de edad, antes futuros brillantes y ahora noches de espera (no espera nada en específico, sólo espera). En su intimidad se pregunta por una mancha en su testículo, mientras Wong Arévalo asegura que la nación no necesita cambio alguno porque jamás hemos estado tan bien. Si, no puede ser nada malo tener una protuberancia en tu testículo izquierdo. No estaba en sus noches de baile. Señor abogado que sin su traje ya no es señor, ni es abogado; con camisa de tirantes, calzoncillos, calcetas largas (caqui por supuesto, pero un tono mas oscuro), que se ha sentado en su cama tamaño matrimonial de una almohada, mientras mira un noticiario e inspecciona sus genitales que salen por un lado del calzoncillo. El señor abogado ya será mañana, cuando vuelva a caminar por la calle remando con su brazo y aferrándose a su portafolio. Por ahora puede contentarse con ser el viejo patético que espera nada a sus 57 años, sólo, con sus testículos, y que se queda dormido a la luz de la estática.

Marzo, 2019

Manifiesto por la claridad filosófica

Empezaré con la típica frase de función didáctica para estos casos: Ortega y Gasset decía que la claridad es la cortesía del filosofo. Debo comenzar con la aceptada referencia ya anecdótica pues normalmente sucede que cuando empezamos a hablar sobre claridad, las cosas irónicamente se complican. Dicha cortesía es algo poco visto en los filósofos. No deseo ser un moralizador del discurso filosófico. No se trata de eso. Es preciso pensar la claridad sin que nos lleve a chocar con un muro opaco de incomprensión. Hoy muchos filósofos están felizmente aislados tras la mancha indeleble de lo incomprensible. Más no deseo hacer moralina sobre cual es el deber clarificador del filósofo, o como hacerlo abandonar su pecado de opacidad. No. Solo deseo señalar un problema que tal vez nunca se resuelva. Tenemos la mala costumbre de resolver antes que preguntar. La pregunta es simple, pero la ausencia real de preguntas claras nos llevan a complicadas respuestas. Sucede que cargamos algunas ideas erróneas: que las palabras simples no pueden acarrear consigo ideas complejas, y que las palabras complejas no pueden esconder ideas simples; que la resolución es obligación y que la pregunta es lo de menos; que la respuesta compleja es más erudita y que las ingeniosas respuestas cortas lo son aún más. No soy yo quien resuelve esto, sólo perpetuaría el problema. Ser consientes que esto sucede más a menudo de lo que nos perdonarían nuestros posibles locutores, y nos sucede más veces de lo que podríamos perdonarnos es lo que nos debemos plantear cada vez que nos expresamos. Estar consientes que debemos dar en claridad nuestras palabras es como la iluminación misma: una perpetua claridad interior que resuena en nuestras preguntas, que se desborda en nuestras respuestas. Por eso digo que no puedo aconsejar ni ordenar, pero puedo preguntar sobre lo claro de nuestras palabras reverberando como cortesía para los demás. ¿podemos imaginar una filosofía que pregunte claramente y no responda obscuridad? Me repito este mantra que se traduce en otra pregunta ¿Es claro lo que estoy tratando de decir?

Imagen tomada de: http://classes.dma.ucla.edu/Fall13/173/?attachment_id=3285

El mundo que no ha de venir: intelectuales y pandemia

Motorists wearing face masks wait at a traffic light amid Vietnam’s nationwide social isolation effort as a preventive measure against the spread of COVID-19 coronavirus in Hanoi on April 6, 2020. (Photo by Nhac NGUYEN / AFP)

Llegados a este punto, nos preguntamos sobre lo que vendrá después de la pandemia. Estamos viviendo una serie de cambios obligados que inciden en nuestra cotidianidad, desde el cambio de nuestras relaciones sociales, las posibilidades políticas, la reconfigración de los estados y el redescubrimiento de nuestra fragilidad, fuera de la seguridad de la añorada «normalidad». Es precisamente el deseo de volver a la normalidad que choca con la realidad que estamos viviendo, y el temor de no poder volver a sentirnos cómodos es lo que nos ha llevado de retorno a la pregunta por el sentido de ser. Y no como un denso problema filosófico en las universidades, sino como una seria cuestión concreta: ¿como hemos actuado en la emergencia? ¿hemos de cambiar como especie, a fin de sobrevivir? ¿que viene en el futuro para nuestras existencias individuales y colectiva? ¿Qué somos? ¿por qué actuamos así? La incomprensible situación nos ha sacado del letargo, y nos exige detenernos a pensar, mientras luchamos por sobrevivir.

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Fragmentos de pseudo-Lucrecio: II. sobre la filosofía y la vida.

¿Es la filosofía acaso otra forma de poesía?

Tanto así que nos da sólo imágenes posibles

De una realidad incompleta, imagen en sí.

Tanto una metáfora, como la ciencia o la fe

Me siento tentado a señalar las luciérnagas

como luz, como idea, como color; todo junto

¿y qué aparece después, cuando vamos a dormir?

Dos imágenes que se tocaron un instante de Luna.

El sueño es también un poema, mas bien mudo

acaso el acontecimiento que buscamos siempre.