El conflicto de la subjetividad moderna

¿Cómo se constituye el sujeto moderno? Esta pregunta es la base del presente ensayo, y remite directamente a la construcción del sujeto en la modernidad. Considero que responder a dicha pregunta es de suma importancia para entender la expansión de un determinada forma de pensarnos y de la construcción actual de las identidades tanto individuales como colectivas que conforman el panorama político, social y cultural de la humanidad. Tratar de explorar la historia de la identidad moderna es en sí una tarea difícil, abundando simplificaciones, sobre todo como reacción a la reacción posmoderna, como señala Stuart Hall1, la noción que las identidades son un todo unificado coherente, y que ahora se han dislocado constituye un punto de partida esquemático mas no una explicación real; y para comprender realmente el problema de la subjetividad moderna debemos comprender el proceso en que se constituye el sujeto moderno, y en última instancia su proceso identitario; esto nos ayuda en la conceptualización del sujeto como emergente de una idea de identidad particular, que ha ido cambiando, que tiene historia y que no aparece como algo universal, sino que responde a las circunstancias originarias y también a las posibilidades de su declive.

Debo aclarar la relación conceptual entre subjetividad, individualidad e identidad como los niveles epistemológico, político y ontológico del sujeto respectivamente. La razón de ello se encuentra en el desarrollo histórico y su interrelación, pues considero que la subjetividad designa la relación con conocimiento del mundo y de sí mismo, la individualidad la relación con campo de acción en medio de los demás y la identidad la relación con la forma de existir y encontrarse en el mundo. Como todo concepto, no son realidades aisladas sino que existen como transversalidad, no podemos tomarlos como independientes, y representan las distintas aristas que conforman al sujeto que surge en la modernidad. Frente a estos elementos deseo contraponer las dos críticas más tempranas que surgieron en la historia europea (Kierkegaard y Marx), así como abrir una consideración desde perspectivas no europeas.

Dicho lo anterior, el punto inicial hacia la subjetividad moderna es la aparición de una nueva forma de individualidad, cuyo origen se da en la Europa del siglo XV. Como señala Hall, no es que no haya habido subjetividad en tiempos pre-modernos, sin embargo se experimentaba dentro de estructuras y tradiciones muy concretas, donde los individuos eran importantes en tanto son parte de un todo que aglomere la realidad. Prácticamente todas las tradiciones religiosas y míticas se sostienen de esta comprensión2. Se dice que los cambios estructurales que componen la modernidad liberan al sujeto del orden medieval lo llevaron a vivir una «soberanía individual». Dicha estructura se forja históricamente en Europa, desde el humanismo renacentista y se cristaliza en la Ilustración3: el modo de producción fue cambiando de un feudalismo que ligaba al vasallo a la tierra, a un mercantilismo burgués de expansión y expedición, que originaría el capitalismo; la reforma protestante libera la conciencia individual que estaba sometida a la Iglesia, pudiéndose ligar directamente con Dios sin mediación eclesial; la ciencia y la tecnología se fundan en la facultad individual de cuestionar, investigar y dominar los misterios de la naturaleza, y no tanto por la autoridad epistémica; la política liberal ve la sociedad como una serie de individuos actuantes para realizar sus fines políticos; el arte ya no gira en torno a Dios y explora temas más personales humanos; y la filosofía libera la racionalidad de los dogmas y tradiciones para convertirla en la magistrada del mundo, colocando al ser humano como centro de comprensión y entendimiento.

Bajo el contexto de esto que llamaremos «modernidad» es que se articula una nueva forma de subjetividad, que se sustenta en la irreductible individualidad de la identidad. Raymond Williams señala que el sujeto como «individuo» obtiene su sentido moderno como «indivisible», su unidad es irreductible (de ahí la individualidad y el individualismo); y por otro lado como «entidad» que es singular, distinta y única4. De ahí que todos los desarrollos de la modernidad se basen en dicha concepción de sujeto, su posibilidad y su capacidad para actuar de manera individual prima y nunca se limita aún siendo parte de un grupo. Ahora bien, al emerger esta noción de individualidad, la forma de identificarse también cambia. La identidad es la forma en que un individuo o colectivo se reconoce a si mismo, constituyéndose en lo que llamaremos su «narrativa biográfica» (es decir, como se cuenta a sí mismo y a otros su propia experiencia de vida, su pasado, sus ideales, sus sueños, su lugar en el mundo). La identidad es pues una constante practica de reconocimiento.

Siguiendo a Hans-Georg Moeller, el factor que va a determinar la validez o falsedad de una identidad es la autenticidad. En la era pre-moderna podemos ver como toda narrativa biográfica nos es dada, surge de los otros miembros y es interiorizada por el sujeto (nuestro destino personal, nuestra labor, nuestro lugar en la sociedad, nuestras tradiciones y creencias están determinadas más o menos desde antes de nacer). La autenticidad de nuestra identidad dependerá del compromiso y cumplimiento de este rol que nos corresponde dentro de una estructura sanguínea, local y generacional y social (familia, clan, aldea, etc)5. En la era moderna esto cambia, pues lo que se persigue es el compromiso con la individualidad propia como fuente de identidad: seremos más auténticos en tanto estemos apegados a esta expresión de singularidad única e indivisible. Lo primordial será «ser uno mismo», expresión que rechaza todos los roles establecidos en pos de la creatividad y construcción de la experiencia singular. La autenticidad surge entre más únicos y creativos seamos al expresar nuestra individualidad.

La construcción de la subjetividad moderna se funda sobre la idea de identidad mencionada anteriormente, proclamando la capacidad cognitiva que devela misterios, la conciencia de sí como centro del conocimiento y la irreductibilidad de la experiencia individual constituyen el punto de partida para la comprensión del mundo, la fuente creativa y ordenadora de lo humano. Bajo estos supuestos se comenzó a construir la sociedad europea hasta el siglo XIX, expandiéndose y justificando su dominio. Sin embargo Hall menciona que una escena mas perturbadora emerge simultáneamente: encontramos a la figura individual alienada, exiliada y extrañada de sí mismo, de los otros y del mundo, enmarcada en el fondo anónimo de la masa, de la multitud impersonal de las urbes. La promesa de la individualidad chocaba con las condiciones materiales para llevarla a cabo: ¿Cómo podía el proletario de algún barrio marginal expresar su individualidad y creatividad de manera singular y exuberante, cuando tenía que trabajar 18 horas al día en algo que no había elegido? ¿Cómo podía una miserable jornalera expresar su subjetividad a través de las artes, la filosofía o la ciencia? Es claro que la subjetividad moderna para realizarse de manera plena exige de un soporte material apto, cosa que solo un reducido grupo de hombres blancos gozaban, y que daban por sentado que era algo natural, dado y alcanzable para todos.

El modernismo literario buscó retratar el espíritu de desolación, desde Baudelaire con su “retrato de la vida moderna”, «K» como la víctima anónima en las novelas de Kafka, hasta el Fausto de Goethe como “la Iliada de la vida moderna”6. La libertad prometida se volvió el yugo que sometió al sujeto a las consecuencias de la sociedad moderna y del nuevo modo de producción capitalista: poner al sujeto como centro de conciencia y al mismo tiempo centro de la explotación resulta contradictorio, pues la autenticidad de la identidad moderna solo podrá realizarse en algunos individuos (casi con total unanimidad en los individuos acomodados y explotadores) y no entre los millones de desposeídos y trabajadores, ni hablar de los muchos mas que habitaban las tristes colonias creadas por el imperialismo europeo. El modernismo literario en América Latina capta de manera muy distinta dicha disipación y lo expresará por vías más indirectas, respondiendo a un «estar» y no un «ser».

Es alrededor del siglo XIX, luego del auge del desarrollo Ilustrado y el surgimiento del romanticismo, que empieza la de-centrelización del sujeto moderno7. Me gustaría poner en relieve dos críticas que en mi opinión dan inicio a la problematización del sujeto moderno en Europa: la filosofía de la existencia de Soren Kierkegaard y el materialismo histórico de Karl Marx. ¿Por qué estos dos autores específicos? A mi parecer esquematizan las dos posiciones necesarias para comprender la descentralización del sujeto moderno: Kierkegaard critica las formas de subjetividad tanto de la Ilustración como del romanticismo que separan al individuo de su propia y auténtica expresión, y devuelve la pregunta sobre la identidad en una interioridad radical (existencial). Sin embargo la riqueza de la crítica kierkegaardiana radica en que él no es un filósofo que nos de respuestas positivas a la disolución del sujeto; al igual que Sócrates, nos induce por la vía negativa de la «verdad de la ironía» al problema de la subjetividad moderna, diciéndonos como no deberíamos vivir más que dictando una doctrina. La crítica que realiza se hace en función puramente mayéutica al volvernos consientes de la fragilidad del sujeto moderno, y como de esa ruptura tenemos la posibilidad de volvernos concretos nuevamente: la pretendida subjetividad moderna debe enfrentarse a las limitaciones históricas, sociales y personales que nos impiden vivir auténticamente. En ese sentido Kierkegaard nos dice que no construimos nuestra identidad desde cero, sino que “negociamos con nuestro contexto y ambiente social”8. Recuperar la actualidad de nuestra existencia pasa por abordar irónicamente la virtualidad que la identidad moderna promete producir; en otras palabras, al ironizar la idea misma de sujeto moderno podemos ver la extrañeza consecuente de su abstracción, pudiendo recuperar la totalidad de nuestra existencia si nos comprometemos a la labor.

Por otro lado, Marx critica las estructuras que determinan al individuo y a la sociedad en base a las condiciones materiales objetivas e históricas que le alienan y lo masifican. En Marx no partimos de sujetos individualizados que se proponen construirse auténticamente, independientes de cualquier relación social como lo hace el pensamiento burgués liberal, sino que se parte de la totalidad de la sociedad, el individuo surge precisamente de las relaciones sociales y solo haya sus posibilidades dentro de la esfera compartida. Marx rechaza la ideología burguesa que supone al individuo como un ente individual pre-social, tanto económica como ontológicamente9. El surgimiento de los sujetos y sus subjetividades están determinados en principio por las condiciones históricas y materiales, sin embargo solo alcanzan su plena realización en la toma de conciencia de su contextualidad, conquistando las condiciones que sustenten su realización es que puede alcanzar la libertad, que no es solo para uno, sino que necesariamente para todos. De ahí que el individuo y la sociedad se realizan siempre en una relación dialéctica, reflejada por ejemplo en el trabajo, en las tradiciones, el arte, etc. La critica del sujeto moderno señala que la ideología burguesa del individualismo liberal no muestra la imagen completa del desarrollo social de nuestra identidad, y que solo es posible para un grupo de privilegiados a costa de la alienación y exclusión de las mayorías.

Por último me gustaría resaltar las posibilidades que surgen de la misma experiencia fuera del pensamiento europeo. El pensamiento latinoamericano, en sus múltiples formas, ha florecido como una filosofía crítica frente al pensamiento europeo, y ha cuestionado la imposición epistémica de las nociones de identidad, individualidad y subjetividad que se han importado de Europa10. Ya desde el cuestionamiento que si Latinoamérica es «moderna» en el sentido expuesto anteriormente, o el surgimiento de alternativas al pensamiento europeo, notamos una posición que critica abiertamente la subjetividad europea y la subjetividad latinoamericana, que surge de desde la misma imposición de la identidad substancial europea (debemos recordar que el pensamiento latinoamericano tiene como principales polos el problema de su identidad y el deseo de liberación)11. Así, la misma concepción de «ser» no representa nuestra situación, y en cambio podemos constituirnos desde el «estar» como considera Rodolfo Kusch por ejemplo12.

Las posibilidades de construcción de subjetividades actualmente siguen encerradas en el paradigma eurocéntrico del llamado posmodernismo: sin embargo no son instigadores de un cambio en la noción de subjetividad moderna, sino una de sus consecuencias. Al menos esta situación ha permitido ver la debilidad de la identidad moderna y ha permitido una crítica desde la periferia, despojándole de toda universalidad y pretendida ahistoricidad. Los esfuerzos de comprensión de Kierkegaard y Marx demuestran que en el seno mismo de la identidad moderna surgieron los cuestionamientos que pusieron entredicho el proyecto individualista de la noción burguesa de subjetividad, permitiendo entrever un mundo más rico de experiencias y formas de comprendernos, así como la multiplicidad de nuevos intentos que emergen de la llamada «periferia», las voces de los que en otro tiempo fueron «los otros» son ahora quienes deciden como configurar la subjetividad moderna, en nuevos retornos de dicho proceso, marcado por las peculiaridades históricas y materiales del sentir, del hacer y del estar.

Bibliografía

  • Stewart, Jon – Soren Kierkegaard. Subjectivity, irony and the crisis of modernity. 2015
  • Hall, Stuart et al. – Modernity an its futures. 1992
  • Cepeda, Juan – Ontología del estar: una aproximación a la obra de Rodolfo Kusch. En Revista colombiana de humanidades. 2010.
  • Sayers, Sean – Individual and society in Marx and Hegel. En Science & society. 2007
  • Williams, R. Individual. En Keywords. 1976
  • Moeller, Hans-Georg – Identity after authenticity. Youtube. 2021

Notas

1Hall, S. – The question of cultural identity. En “Modernity and its futures”. Pág. 281.

2Nótese los cultos animistas, a los antepasados, los ritos totémicos y los sistemas de castas por ejemplo. Cfr. Puech, Henri-Charles. Historia de las religiones, vol. 12. pág. 384

3Esto representa ya un punto de crítica al eurocentrismo de lo comprendido como «modernidad», dejando por fuera otras comprensiones y otras formas de subjetividad. Sin embargo es necesario repasar esta visión universalista eurocéntrica a fin de avanzar a una crítica mas completa de la subjetividad impuesta en nuestros pueblos y en nuestras vidas.

4Williams, R. Individual. En “Keywords”. pp. 161 – 164

5Moeller, Hans-Georg – Identity after authenticity.

6Aún así estas expresiones desoladoras eran privilegio de unos pocos hombres dados a la vida artística de la Europa moderna.

7Hall, S. Op. Cit. Pág. 285

8Soren Kierkegaard. Subjectivity, irony and the crisis of modernity

9Sayers, Sean. Individual and society in Marx and Hegel. En Science & society. 2007.

10Es claro que no se trata de un rechazo ingenuo al pensamiento europeo, sino una suspensión de su universalidad para observarlo desde la alteridad y proponer alternativas ahí donde no responda a las realidades distintas que vivimos como latinoamericanos.

11Considero que esto es así debido al origen, el encubrimiento y la construcción de nuestra historia y sociedades como «lo otro» del europeo, buscando siempre nuestra identidad negada y nuestra cautividad obligada.

12Cepeda, Juan – Ontología del esta: una aproximación a la obra de Rodolfo Kush. 2010.

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