Sobre el quehacer filosófico (1/3)

Últimamente estoy tentado a pensar que nos escondemos en los libros para no aprender, para no conocer, para no pensar. Deseamos automatizar el proceso de experimentar la realidad creyendo que si leemos al respecto aprenderemos automáticamente a interactuar con ella. Por ejemplo la programación: uno aprende más experimentado directamente el éxito (pero más a menudo el fracaso) de escribir códigos que leer todo un libro sobre ello.

Vamos un paso más allá: leer mucho ayuda a escribir bien, pero no es nada comparado con escribir convulsivamente. Leer mucho no te hará un día tomar un lápiz y mágicamente escribir una novela, ni un artículo, ni un párrafo. ¿Entonces, no deberíamos leer nada y sólo correr por el mundo desnudos, para que nos caiga el rocío del conocimiento? Claro que no. El conocimiento que ha producido los libros existe por algo, pero confundimos ese algo con algo más. Y ese «algo más» es lo que necesitamos buscar primero.

Vayamos todavía un paso más al precipicio: estudio filosofía, de seguro no tengo otra opción que leer libros, ¿verdad? ¿No es la filosofía hurgar los libros hasta hallar argumentos y eso? Bueno… no realmente. La filosofía es tanto menos leer una inmensa cantidad de libros y más experimentar las ideas como estructuras de aprehensión de la realidad, de confeccionar argumentos que tengan sentido o del pensamiento como proceso creativo de las estructuras para aprehender el caos de lo real. Sostengo que en realidad no aprendes filosofía de los libros, aprendes filosofía en el acto de filosofar. Esto podría resultar algo trivial o peor aún, un mal consejo, pero no estoy aconsejando lanzar todos los libros o borrar los pdf en tu computadora, sino a entablar una relación distinta con lo que lees y crees que es aprender. Sostengo que cuando uno lee los libros de filosofía reinventa, revive los conceptos, podemos aprender de ellos como maquetas sin someternos a ellos, llenamos de vida esas palabras muertas, que a su vez se vuelven espejos con los cuales podemos observar nuestro pensamiento en acción.

Muchas veces confundimos el amasar grandes cantidades de conocimiento con el proceso de conocer, y el depósito de pensamiento con la astucia del pensar filosóficamente. Hay una buena razón para que sean verbos: implican la acción, el incesante uso de la experimentación como única forma de creación del conocimiento, y aquí el conocimiento se convierte en una dinámica, un movimiento vital. Los libros son como vestigios de lo que es la filosofía. Por ello repetir frases de Hegel o declamar a Platón no es filosofar, es una doxografía muy culta, pero no es filosofar.

Parece que acomodo todo según mis tristes inclinaciones deleuzianas, y no mentiré, qu’est-ce que la philosophie es una chispa que dinamitó mis ideas tradicionales sobre que era ser estudiante de filosofía. Pero si algo podemos comprobar pensando al respecto es como aprendemos algo. Tengo la convicción que todo mundo puede filosofar, y lo hace de manera anecdótica al menos una vez su vida (eso incluye a los licenciados en filosofía) y sucede porque el pensar sobre algún concepto, un argumento, un proceso o la naturaleza de algo surge en nosotros la experiencia de rodear con asombro un fenómeno dado, o indignarnos por algo y preguntar ¿por qué? De ese acto es que surge la actitud filosófica, que no nos la daría ni leyendo todos los hombres blancos europeos occidentales que han hecho filosofía los últimos 2300 años.

Bien, la experiencia del filosofar es la que nos engendra filosofía, como ordeñar una vaca nos enseña más que leer sobre ello o ir a París nos enseña más que ver fotos de todas sus avenidas (Bergson tenía razón en ello, aún no he ido a París, lo siento). Pero lo que deseo decir es que la experiencia descrita en el más mundano de sus acepciones nos adecúa al quehacer filosófico como un arte que crea conceptos, más que como una acumulación de libros, ideas, discursos y actitudes frente a la realidad. Si filosofamos es porque la Realidad es aquello que como vorágine destruye una y otra vez los edificios ontológicos con que pretendemos encerrarla, y es el filosofar, junto a la ciencia y el arte, las únicas cadenas que tenemos, no para aprisionar la Realidad; sino para sostenernos nosotros en un sitio y contemplar un momento su caótica belleza.

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