Doña Esperanza

Los albañiles se ocuparon toda la mañana sacando parte de las láminas tostadas del techo, las cuales fueron colocando fuera de la casa de doña Esperanza. Otro montículo estaba compuesto por cartas, tarjetas, flores de plástico y tantas cosas más que suelen amontonarse al fondo de los cajones. Los albañiles discutían quien iba a comprar el refresco y los panes; su plática resonaba en la sala ahora vacía de doña Esperanza. Las macetas con plantas marchitas ya no eran importantes para nadie, así que yacían al lado de algunos botes de jalea y encurtido pasado en la entrada, alguien se los llevaría al rato. Parecía que el tiempo había llegado para arrasar todo lo que doña Esperanza atesoraba como inmóvil y eterno. Un huracán llenaba el espacio ahora pulcro de recuerdos, con ruido de martillos, pláticas de albañil, trastos cayendo, crujidos y movimiento de muebles. Ya doña Esperanza no podía detener ese huracán. Mientras tanto, el mundo seguía apresurado en su monotonía.

Mayo, 2019

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