El problema de la sobreabundancia de libros

Hay un curioso texto de José Ortega y Gasset llamado “la misión del bibliotecario”, discurso pronunciado en 1935; la ocasión: un congreso de bibliotecarios en Francia. El tema: el quehacer del bibliotecario. Contra toda intuición que nos haga pensar en un texto poco interesante o de un congreso realmente aburrido; la reflexión de Ortega me resulta muy valiosa y digna de lectura; como filósofo, ahonda más allá de lo obvio y resalta el tema de la elección de un camino de vida para cada hombre y mujer. En cada instante de la vida, el ser humano «se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser». Ante esta perplejidad de la elección de la vida es que se desea una profesión, una realización, porque «la vida es ante todo un quehacer». Continúa señalando que este quehacer ha movido al ser humano «a inventar y crear para facilitarse la vida, todo eso que llamamos cultura y civilización», cosas que sin embargo «llega un momento en que se revuelven contra él» mismo ser humano. Este es el caso del libro, tema que deseo tratar en este pequeño ensayo.

El libro es una de las mayores invenciones humanas: es capaz de transmitir la cultura de manera que registre las ideas, las técnicas y los hechos; siendo útil para otros y para futuras generaciones. Sin dudas es algo indispensable, y según Ortega «este simple carácter de imprescindible hace qué nos sintamos esclavizados por ello». Y el libro también se revela como creación contra su creador en la sobreabundancia:

hay demasiados libros. Aún reduciendo sobremanera el número de temas a que cada hombre dedica su atención, la cantidad de libros que necesita injerir es tan enorme que rebosa los límites de su tiempo y de su capacidad de asimilación. La mera orientación en la bibliografía de un asunto representa hoy para cada autor un esfuerzo considerable que gasta en pura pérdida. Pero una vez hecho este esfuerzo se encuentra con que no puede leer todo lo que debería leer. Esto le lleva a leer deprisa, a leer mal, y además, le deja con una impresión de impotencia y fracaso, a la poste de escepticismo hacia su propia obra.

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Ortega también señala que esta ingente cantidad de libros (y de información en general) corresponde a una función social del libro, que la sociedad contemporánea ha encontrado en ello. Debo añadir lo sostenido por Jean Baudrillard: estamos en una etapa donde la información, los libros, las noticias, el entretenimiento y la cultura en general son objetos de producción capitalista. Esto en sí es material para otro análisis que sólo mencionaré en este ensayo. Restringiré nuevamente la idea al ámbito de los libros: hoy en día la exigencia de producción de libros y recursos es tan ilimitada y de beneficio que en muchos casos se confeccionan «falsos libros» como dice Ortega. A esto se añade que la sobre-especialización en cada área requiere una bibliografía que no hace más que crecer. Como menciona Ortega: «En muchos órdenes intelectuales pasa esto de continúo: que en el “dar por supuesto y por sabido” lo esencial, lo sustantivo, procedemos al infinito. Es ello una de las mayores enfermedades del pensamiento, sobre todo del contemporáneo».

Todos nos hemos hallado en esta situación: una investigación lleva más tiempo recopilando, investigando fuentes, captando textos; y una vez hecho, nos percatamos que apenas tenemos tiempo para leer, apresurados cumplimos con el plazo y nos deja ese sabor amargo de una tarea fútil. En el camino sólo nos informamos superficialmente y nos da la falsa sensación de saber que estamos hablando. Y peor aún, el verdadero trabajo de leer, reflexionar, meditar y comprender para transformar la realidad queda de lado por la imperante necesidad de la producción ad infinitum. la sobreabundancia de libros se traduce en problemas de comprensión, superficialidad, soberbia, poca originalidad y en última instancia a una esclavitud y una ignorancia más sutil.

¿Qué hacer? Para ello hay que reconocer un dicho de economistas: los recursos son limitados, y hay que saber como administrarlos. No pretendo señalar algo nuevo, y podríamos recurrir a muchas fórmulas sobre esto. Pero si algo es claro, es que nuestro tiempo es limitado, nuestra atención es preciosa como el oro, y no podemos abarcarlo todo. Como seres humanos estamos condenados a tomar decisiones que nos lleven a la apertura más favorable de nuestras posibilidades. Debemos enfrentar el hecho que tenemos que elegir que leer: esto es ineludible si nos dedicamos al trabajo con los libros. La tendencia general es que «más es mejor», se nos exige inflar nuestras palabras con avalanchas de bibliografía y pocas veces se puede apreciar el trabajo de análisis, comprensión y crítica, que en última instancia se supone la educación debe forjar. Pero la sobre-especialización de los temas, el mercado académico, la saturación de medios, de productos culturales y las infinitas listas de libros por leer nos esclavizan y nos terminan llevando a la muerte. Leemos más y más, hay «booklovers», más libros que nunca en la historia, y sin embargo resulta cada vez menos la capacidad de pensar:

Hoy se lee demasiado: la comodidad de poder recibir con poco o ningún esfuerzo innumerables ideas almacenadas en los libros y periódicos, va acostumbrando al hombre, ha acostumbrado al hombre medio, a no pensar por su cuenta y a no repensar lo que lee, única manera de hacerlo verdaderamente suyo. Éste es el carácter más grave, más radicalmente negativo del libro

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Y las pegunta que se llegan son: ¿y entonces, qué debo leer?, ¿cuánto debo leer?, ¿cómo puedo elegir que libros son valiosos sin leerlos primero?, ¿tenemos qué leer siquiera? Aquí surge algo que mencionamos al principio: la vida es siempre un quehacer. y en el sentido más alto, este quehacer tiene que ver con la forma de vida que deseamos, no se trata de consumir esto o aquello, sino, cómo podemos elegir aquello que nos adicione una mejor manera de vivir. La lectura debe tenerse como un ejercicio espiritual, en el cual se conjugan atención, reflexión, meditación, juicio y praxis. No podemos dedicarnos así si leemos 100 libros anualmente, creándonos la falsa idea que sabemos más por leer más. Alguna vez escuché de un profesor que es mejor profundizar en un par de libros y llegar a apropiarnos de su contenido, que tener noticia de cien libros de manera superficial. En el exceso de posibilidades se naufraga y se pierde toda ancla de sentido. Cada uno debe hallar formas no esclavizantes de interactuar con los libros, donde la vida prime sobre la producción, para que «en vez de estudiar para vivir va a tener que vivir para estudiar»

Referencias

  • Ortega y Gasset, Jose. Obras Completas, tomo V. “La misión del bibliotecario” (1935). España: Revista de Occidente.

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